La demisexualidad, un enigma

5–8 minutos

Samira nos comparte su historia en este tema frecuentemente invisibilizado.

El ser humano es un ser sexuado, y la sexualidad es una dimensión constitutiva de la persona. La sexualidad no es toda la persona, pero está presente en todas sus actividades. Sin embargo, la sexualidad humana tiene un carácter enigmático y requiere de una ética sexual fundamentada en los conocimientos aproximativos de las disciplinas científicas. Ninguna otra dimensión humana lleva tan juntos y tan al alcance la máxima capacidad de promesa y la cruel capacidad de amargura, la posibilidad de plenitud y la de frustración. En ningún otro campo es tan difícil distinguir el santo goce del amor que es igual de sospechoso: en ningún otro momento se experimenta el hombre a la vez, como más débil e inerme ante el otro y como más fuerte y capaz de dominio frente a él. Toda la verdad y todo el engaño, toda la esclavitud y todo el señorío, toda la humanidad y toda la inhumanidad, todo el amor y todo el desprecio, toda la gratitud y todo el despecho, caben a la vez como por naturaleza en esta misma realidad.

Es por eso que no es raro si la historia de la humanidad ha logrado tan pocas veces dominar este enigma mediante una visión cerrada de la sexualidad que sea, a la vez, positiva y sana. Normalmente y simplificando mucho, la experiencia de la humanidad se decanta o hacia una divinización idolátrica de la realidad sexual (como la de los antiguos cultos orientales) o hacia su condena asustada en anatemas más o menos maniqueos. Todo es blanco o negro, heterosexual u homosexual. A pesar de la evolución que ha llevado a nuestra generación a una “liberación sexual”, se sigue teniendo la idea de extremos dicotómicos centralizados en el placer que todos deben sentir, en la atracción que lleva a todos a existir de maneras más plenas. Es aquí donde nuestro espectro desaparece, donde aquellos seres que no experimentan una atracción sexual cotidiana son eliminados de los libros, de las historias y de los colectivos.

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Fotografía de Alexander Popov en Unsplash

A partir de la industrialización, se ha hecho evidente la constante sexualización que hombres y mujeres han vivido para poder comercializar cualquier cosa o servicio que se pueda vender. Se da por sentado que absolutamente todos los seres humanos sienten atracción a partir de los sentidos; ver un cuerpo atractivo, escuchar una voz sensual, sentir un cuerpo definido, oler un perfume erótico, probar sabores afrodisíacos. Es así que menos del 5% de la población mundial desaparece del radar.

La demisexualidad es una subidentidad dentro del espectro asexual, que nada tiene que ver con el celibato ni la abstinencia aunque puede ser fácilmente confundida debido a que los que somos parte de este grupo, tendemos a rechazar o a negarnos a experimentar relaciones sexuales con personas con las que no compartimos un lazo emocional fuerte (e incluso a veces el tener ese lazo no garantiza que exista atracción sexual).

Es claro que existe una falta de información y difusión debido a la poca cantidad de personas identificadas en este grupo, además de lo difícil que es la educación e inclusión en cualquier tipo de comunidad. Por un lado, la comunidad LGBT+ ha rechazado múltiples veces a la comunidad asexual, alegando que no es una preferencia sexual, sino una falta de ésta. Por otro lado, la comunidad heterosexual (usualmente poco informada en estos temas) suele mencionar que sólo somos “quisquillosos” o que no nos ha llegado “la persona correcta”.

No es un asunto de “dejarse llevar” al momento de escoger una pareja sexual, ya que físicamente puede causar daños de salud al tener relaciones sexuales con una persona que no nos atrae sexualmente. En las mujeres es más grave, ya que al no tener excitación, la falta de lubricación puede terminar en heridas graves en las paredes vaginales hasta causar una infección que puede provocar la muerte. Múltiples personas dentro del espectro asexual han sido víctimas de violación por sus mismas parejas por querer presionarse a entrar dentro de la normativa de una “vida sexual sana y activa”.

Durante la adolescencia de una persona demisexual, grisexual o asexual, la discriminación y acoso suele ser más frecuente, sobretodo porque de los 13 a los 19 años es el periodo en el que cada ser humano se autodescubre y busca comenzar su vida y sus relaciones sexo-afectivas. Al no haber interés de entablar ese tipo de relaciones por parte de los demi, gris o ases, solemos ser señalados como mojigatos, apretados, aburridos o incluso llegan a confundirnos con identidades del colectivo LGBT+, (producto, una vez más, de la desinformación).

Conforme crecemos, aprendemos a fingir para poder encajar en los grupos sociales sin ser señalados, aunque en el fondo siempre nos sentimos rotos o ajenos. Las conversaciones entre amigos que suelen involucrar temas sexuales, conquistas o “crushes” por lo general nos incomodan, no tenemos nada que aportar y no nos identificamos con los sentimientos que otros expresan. Al crecer nos ven como infantiles por seguir estando ajenos a dichos temas de conversación y la incomodidad de escuchar cosas que no comprendemos sigue latente.

Existen muchos compañeros y compañeras que siguen fingiendo ser bisexuales, heterosexuales u homosexuales, porque es más fácil comprender lo que te atrae que lo que no, sin saber los diferentes tipos de atracción: atracción sensual, romántica, platónica y sexual. Muchas veces, las personas dentro del espectro deciden comenzar relaciones sexo-afectivas donde suelen salir lastimados física y emocionalmente por confundir el tipo de atracción que sienten por una persona y asumir inmediatamente que es del tipo sexual.

La esfera de la asexualidad no puede ser considerada autónomamente, y los juicios morales no pueden versar sobre la asexualidad autónomamente entendida. Esto implicaría considerar el funcionamiento de la sexualidad en sí mismo, según leyes biológicas y separada del resto del ámbito vital de la persona. Cada asexual, demisexual y grisexual, vive su intimidad de maneras muy variadas, con atracciones distintas y relaciones que pueden o no tener interés romántico. Lo que nos une simplemente es estar en ese mínimo porcentaje que no siente atracción ni desea a otro ser humano por sus genitales ni por sus características físicas, eliminando la idea tradicional de lo que debe ser o de lo que debe sentir un ser humano dentro del proyecto humano globalizante en el que se encuentra.

Cada vez somos más y cada vez somos más capaces de expresar nuestros deseos y emociones. No tenemos que encajar en nada, no le debemos sexo a nadie, no le debemos placer ni afecto a nadie. Nuestra sexualidad es nuestra y somos la prueba de que el sexo no es una necesidad innata del ser humano, sino una pieza dentro de la identidad de cada uno. Aprendamos a aceptar cada parte que nos compone y a delimitar los colores y matices de la sexualidad humana; si se ignora esta dimensión, la reflexión sobre la sexualidad quedará mutilada.

Samira Camarena, profesora de lenguas en bachillerato y licenciatura, traductora para Frida Kahlo de México y licenciada en Enseñanza de Inglés certificada por Lambton College of Arts and Technology
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La bandera del orgullo demisexual es de dominio público.

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