Hey, soy Momo y te quiero contar algo sin tantos detalles.
Recuerdo que desde siempre me han gustado las mujeres. Esto va desde el kinder. No es un juego, recuerdo claramente quedar maravillada mientras las miraba platicar, reírse o jugar, apenas en la edad de 6 años. A muchas les pasaba lo mismo pero con los niños. Jamás me importó. Sin embargo, a veces me molestaba que nadie lo notara. Todos los adultos le hacían juego a todos los niños con las niñas y viceversa, incluyéndome.
Me decían que era novia de mi mejor amigo Tomás, no me gustaba ver a Tomás, no me apetecía robar dulces de la cooperativa para dárselos, hacía todo eso con Melissa. Ella aceptaba mis sonrisas y los dulces. Tenía 7 años cuando di mi primer beso y fue con ella. No sabíamos nada de eso, fue un beso puro y lleno de afecto. Incluso le pregunté si podía. Sus mejillas se tornaron rojas y aunque duró unas milésimas de segundo sonreímos como solo se puede sonreír a esa edad.
Pero mi madre me había visto. Justo se nos ocurrió hacerlo cuando las madres de familia estaban en una junta con la maestra en el salón. Todo fue con un enorme disimulo. Me llevó fuera del kinder y ahí me abofeteó en la boca. Fue una vez pero dolió mucho. Me asusté y lloré. Preguntaba por qué me había pegado y sólo me dijo:
“Lo que hiciste estuvo mal. Las niñas no besan a las niñas”.
No entendí, no entendí nada porque antes ella misma me dijo “Los besos son muestras de amor, amistad y cuidado” y Melissa y yo habíamos tenido amor, amistad y cuidado la una por la otra en esos dos años y medio de kinder. Confundida decidí no preguntarle más al respecto. No entiendes nada a esa edad después de todo. No volví a ver a Melissa tampoco. No supe siquiera si su mamá nos había visto también.
El tiempo pasó y crecí, pero jamás dejé de observarlas, admirarlas y suspirar por todo lo que hacían. Sin embargo ellas jamás veían hacia mí. Veían a Aarón o a Abdiel, los dos más populares de segundo grado. Incluso sus miradas se dirigían a Ulises, un bravucón que de vez en cuando me empujaba hacia el suelo. Si llegaba a capturar la atención de alguien era la de un niño, lo que me hacía suspirar decepcionada. Jalaba mi cabello y me molestaba robando mis colores, mismos que usaba para escribirme cartas con corazones.
Yo quería los corazones que Aurora pintaba con sus plumas de gel para Santiago. Me sentía tan sola en ese sentido.
¿Por qué no había nadie como yo?
Un par de años más tarde la respuesta que me llegó fue cruel y directa.
Me encontraba limpiando el salón después de clases con una compañera de mi grupo. Nos llevábamos bien. Solía reírse mucho con mis chistes, intercambiábamos nuestros almuerzos una vez a la semana por lo menos. Pero no éramos amigas tan íntimas, ella tenía su grupito y yo el mío. Pero ella me gustaba. Recuerdo haber estado bastante nerviosa. Quería decirle que quería algo más que una amistad con ella.
“Le gustas a alguien, ¿sabes?” le dije como apertura. Sonrió traviesa y curiosa y eso me animó sobremanera. Mi confianza no hizo más que aumentar cuándo me preguntó de quién se trataba.
“Es una chica que…” me interrumpió abruptamente y no vi más una sonrisa, su rostro expresaba desagrado y desánimo. Sentí un pinchazo muy fuerte en el pecho.
“¿Es una niña? No seas desagradable.” fue lo respondió a mi silencio. Reí como pude y le dije que era una broma. Siguió sin reír. Enojada me dijo que había sido una broma horrible. A mis cortos 12 años ya lo tenía bastante claro. Yo estaba mal, defectuosa en este mundo de príncipes y princesas. Todo tenía que ser como lo veía en la televisión en las telenovelas, películas, series, caricaturas. No había espacio para mí. Y la compañía que tendría sería la resignación. Tendría novios como mis amigas y como tanto me pedían mis familiares.

Viví con mi atracción por las mujeres en silencio, manteniendo el secreto por años. El tiempo me mostró que no era la única. Pero cada que se trataba de hablar sobre quién era yo, pasaban dos flashbacks en mi cabeza: la bofetada de mi madre y la mirada de desagrado de Martha.
Era tan doloroso. Todos se enteraban de mis relaciones hetero pero nadie de mis relaciones lésbicas. Ni mis amigas más cercanas lo sabían. Estaba asustada, de verdad me sentía atrapada. ¿Por qué reconocían y elogiaban a una Momo que no era real sólo porque tenía una pareja varón? Siempre que intentaba insinuar mi atracción por las mujeres muchos reían o me ignoraban, mi madre incluida. Era agotador. Los hombres no me gustaban y sin embargo, ya me había hecho a la idea de que tendría que estar con uno por el resto de mis días para que jamás me vieran como Martha lo hizo. La idea de andar con una mujer de manera pública no era una opción.
Tuve un par de relaciones hetero bastante violentas. Sufrí de abuso y fue tanto mi hastío que sin más decidí acabar con esa farsa horrenda de la Momo Hetero. No quería morir. No me importó nada lo que pensaran de mí. Primero fueron mis amigos y amigas, me abrazaron y hasta un par me dijo que ya lo sabían, que era obvio. Me dieron el afecto y apoyo que tanto necesitaba y no podía sentirme más afortunada.
Me hubiera gustado decirles que fue igual con mis padres. Pero mi madre solo lo aceptó resignada unos cuantos meses después de que se lo dije. Y a mi padre ni se lo he dicho. Siempre dice cosas homófobas y es machista así que jamás esperé algo de su parte en primer lugar. Tampoco quiero que mis parejas lo conozcan. Para él seré la hija siempre soltera. No importa. Es mi decisión.
Jamás me había sentido tan libre y tan yo misma. Por fin conocían a la Momo real, la tortilla, la leñadora, ¡la lesbiana!
Puede haber miles de cosas que te hagan sentir incorrecta(o) y defectuosa(o). Pero no lo eres en lo absoluto. Eres alguien que ama, alguien que siente y sueña. Eres dueño de tu vida y sólo tenemos este momento, y aunque no tienes que salir lo más rápido posible del armario o gritarlo a los cuatro vientos, jamás sientas que estás mal. Somos reales y existimos porque resistimos. Así que mi querida lesbiana, querido gay: Amen, amen mucho, así sin tilde.
Yo quiero que seas feliz. Yo te quiero.
Gracias por leerme.

Deja un comentario