De las artes marciales y la ansiedad — Tere Bretón

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Martial Arts IX deOriol Salvador está bajo licencia de CC BY-NC

Llevaba años siendo consciente de mi ansiedad cuando llegué al Templo Shaolin de México. Había pasado años con pensamientos obsesivos, ataques de pánico e insomnio que poco a poco se estaban acabando tanto mi estabilidad emocional como mi habilidad para funcionar día a día. En medio de mi carrera universitaria y un rompimiento amoroso supe que tenía que buscar algo que me ayudara.

Aunque en este momento debí haber acudido a terapia, por razones que no termino de comprender, no lo hice. En su lugar decidí probar las artes marciales.

Mi primera clase hizo que mis pulmones se quemarán, que mis piernas dolieran por días y que mis brazos temblaran. Pase el siguiente día tendida en cama por el cansancio y sin poder bajar escaleras por el dolor de piernas. Pero milagrosamente había podido dormir toda la noche sin ser despertada por mis propios pensamientos. Así que decidí volver.

Anxiety de Petri Damstén está bajo licencia CC BY-NC

Empecé haciendo los movimientos de manera torpe (siempre he sido un poco torpe), pero siempre me sentí bienvenida y alentada por las personas con las que compartía clase. Mi falta de coordinación me pedía estar concentrada por completo en lo que estaba haciendo, lo que me permitió pensar con claridad y sin la repetición de escenarios que me preocupaban diariamente. El cansancio curó mi insomnio casi de inmediato al obligarme a dormir a una hora decente en lugar de hacerlo a las 3 de la mañana.

Con el tiempo, mi cuerpo se fue adaptando a la nueva disciplina, con el paso de los meses me hice más fuerte y más rápida.

El físico no lo es todo, pero sentir que tu cuerpo tiene fuerza cuando antes te costaba trabajo cargar tu mochila te hace sentir con mucha más confianza. Mi salud física mejoró mucho y todos mis doctores comentaron con alivio que por fin estaba en mi peso después de un problema digestivo creado por un esófago quemado y una operación que me dejaron en los huesos.

Eventualmente empecé a hacer amigos, a sentirme más cómoda y plena. Creo sinceramente que el kung fu me salvó en un momento en que no sabía cómo pedir ayuda a pesar de saber que no estaba bien. Me ha vuelto una persona mucho más feliz, con mayor confianza y con más amigos. Cuando estoy triste o desolada sé que ahí tengo un espacio en el que puedo desconectarme mientras me siento mejor.

Mi ansiedad no la curó el kung fu, al menos no del todo. Me ayudó mucho a controlar sus síntomas, dejándome terminar la universidad y empezar a trabajar. Y cuando por fin decidí pedir ayuda profesional y empezar a ir a terapia, no fue porque el kung fu ya no fuera suficiente. Fue porque me dejó ver que si quería dejar una marca positiva en el mundo, primero tenía que cuidarme a mí misma.

— Tere Bretón.

Tere Bretón es egresada de la carrera de Historia por parte de la UNAM y se ha desarrollado tanto en el ámbito de la cultura y la enseñanza. Actualmente es parte del colectivo Páak’al y lleva un blog sobre la moda sostenible. Lee más de ella en Incomodando Ando.

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