
Invocaste a las palabras prohibidas sin importarte el sufrimiento que encarnaban. Con tu sonrisa, atrajiste a Tukákame para desterrarme del calor de tu piel. No soporté ver la sombra de aquel ser cadavérico, así que me arranqué los dientes desesperado. Era tanto mi deseo de estar contigo que clavé la obsidiana sobre mi pecho. Creí que era la única manera de permanecer a tu lado. Ixchel enfureció cuando vio ese espectáculo tan ridículo. Como castigo, me mordió la muerte con mis propios dientes. Ni siquiera las serpientes contuvieron la risa al contemplar mi rostro descarnado; no reprimieron su desprecio al verme arrastrado por aquel cadáver famélico. Me sentí la criatura más vil frente a mi propio reflejo. No merecía perecer ante los ojos ciegos de un mal amante… Ahora… sólo miro la niebla y el polvo paralizado por un eterno atardecer donde no procede la noche ni el día. Un frío atardecer agobiado por la espera… la insignificancia… el olvido eterno… No me perdono el sacrificio ofrendado. No te perdono el dolor padecido. Nunca perdonaré haber renunciado a todas mis vidas a cambió de tu indiferencia…
En el tiempo sin tiempo, huelo la peste de mis encías heridas. Las maldiciones, los perdones, los lamentos mal pronunciados resbalan por las llagas pútridas de mi cuerpo hasta llegar a la arena agobiada de porquerías marinas. Ha desaparecido la magia de mi lengua. Hurtaste el encantamiento de mis palabras. Destruí la fuerza de mi voz. No importa si te maldigo o perdono. El hechizo se quebró. Sólo me queda contemplar mis piernas grisáceas ancladas en la arena. No me queda más que fusionar mi muerte con la muerte eterna de esta miserable isla devorada por Utsa.
13 de octubre de 2020.
Estado de México
Ángel Figueroa
Por ahora soy un literato en formación. Mis ejes de estudio se proyectan hacia la melancolía, la violencia y el amor. Me interesa el marketing digital… La ingenuidad me cobija y la desilusión me alimenta…
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