Mi camino de vida en la biología comenzó a trazarse desde que curse el CCH OTE. La pasión que mi maestra de biología logró transmitirme, fue el detonante para aventurarme por este mundo biológico.
Como una mariposa, mi proceso de transformación inició en la Facultad de Ciencias en la UNAM, edificio enclavado en un espacio de la Reserva del Pedregal de San Angel. A lo largo de los cinco años, pasé por varias etapas de transformación. En cada una de ellas intervinieron profesores, amigos y compañeros. El conocimiento adquirido me hizo comprender que la vida está regida por energías físicas y químicas. Que están expresadas desde una célula hasta niveles de organización más complejas, como las plantas y animales; donde cada uno tiene una identidad científica que es definida por su nombre científico. Siempre hay una conexión de energía que hace que se relacionen unos con otros, hasta conformar comunidades que crean vínculos de energía más altos como son los ecosistemas.
Esa identidad la vi expresada en varias de mis salidas al campo, en el Estado de México, Puebla, Veracruz, Zihuatanejo y Tlaxcala, en las que comprendí que cada lugar expresa sus niveles de organización en un tiempo y espacio. Ya en mi etapa final este conocimiento me fortaleció para que saliera de mi crisálida hacia el Instituto de Biología y unificara mi investigación de tesis en las aves del Jardín Botánico de la UNAM. Con mis alas vulnerables, confieso que en un principio no fue fácil lograr identificar a las diferentes especies por sus habilidades de vuelo, pero con el tiempo me maravillaron sus estrategias de alimentación, reproducción y conducta que cada una expresaba en su hábitat.

Este trabajo de investigación fue contundente para obtener mi título en Biología. Durante el camino me tropecé con varias piedras que hacían que quisiera desistir, pero creo que si fortaleces tu voluntad con un propósito, como lo dice el yoga tu sankalpa, y mantienes aquella palabra que viene del corazón, logras avanzar.
Después de ese logro adquirido, me mantuve en el Instituto de Biología y tuve mi primer trabajo profesional con insectos comestibles de México. Fue todo un reto ir a colecciones científicas de insectos para recabar la información para la investigación y publicarla en un artículo científico con investigadores con experiencia en la entomología. A partir de ese momento mi formación profesional estuvo enfocada en el conocimiento de la biodiversidad de México.

Cada vez mis alas estaban madurando para un vuelo más confiable, así que reflexioné que no bastaba con ser un buen investigador, que era necesario compartir ese conocimiento con la sociedad. Así que por azares del destino ese pensamiento me llevó a ofrecer mis servicios a una familia para el diseño de un huerto urbano en su jardín. En mi búsqueda de conocimientos ellos me ayudaron a orientarme a su desarrollo, y el huerto estuvo en funcionamiento durante dos años. Este fue una necesidad de las personas cubierta por la ciencia.
Luego el viento entró en acción y me llevó al Parque Loreto y Peña Pobre, un lugar donde la fábrica de papel fue famosa durante mucho tiempo. Convertido en un parque ecológico, ahí me enfrente a otra realidad: la educación ambiental, herramienta educativa que se liga con la ciencia para involucrar a la sociedad con el conocimiento y que tomen conciencia en el cuidado del medio ambiente.
En ese espacio verde participé con una asociación dedicada a dar visitas guiadas a grupos de escuelas desde preescolar hasta secundaria. Por medio de juegos, conocimiento de los distintos tipos de árboles que existen en el parque y la importancia del agua en los seres vivos, se logró una educación orientada o honrar a la naturaleza.
De nuevo retorné hacia la enseñanza de los huertos urbanos, dando talleres a personas interesadas en el consumo sano de sus alimentos con un enfoque biológico. Se acercaba las vacaciones de verano y con ello los cursos de verano y participé con otra asociación en dar un curso de verano a niños de preescolar a primaria en un lugar de Coyoacán. Parte de la educación ambiental fue darles taller de huertos urbanos, enfocado en la práctica de germinación de hortalizas, conocimiento de la biología de las plantas y su control de plagas, acompañado con actividades didácticas para involucrarlos en el arte de cultivar.
Después la fotografía de la naturaleza, me hizo nuevamente estar en el conocimiento de la biodiversidad. Con un grupo de personas involucradas en el cuidado del medio ambiente, biólogos e ingenieros ambientales, montamos en varias estaciones del metro, una exposición fotográfica de la biodiversidad representativa de la Ciudad de México, con un mensaje hacia la conservación.
Posteriormente me tocó involucrarme a un área de la ecología que ha tratado de regular aspectos de daño ambiental, que tiene que ver con legislación ambiental aplicada recientemente a proyectos de construcción: es el análisis del impacto ambiental con la aplicación de estrategias de mitigación en cuanto al manejo de residuos, ruido y daño de áreas verdes.
Así Papalot sigue en continuo vuelo para conocer y tener nuevas experiencias que engrandezcan más su pasión por lo que ama.
Claudia, Mujer siempre en constante transformación como la mariposa. Busca comunicar la voz que emite la naturaleza al corazón de las personas

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