En el paraíso morelense -Derek

5–8 minutos

Muchas son las historias que podría contar, cada una emocionante, conmovedora o dramática, no importa cuál sea su fin, en ellas prevalece un constante desarrollo de la conexión que tengo con la naturaleza; sin embargo, pocas llegan dejar tal huella en mi como la historia que ahora voy a describir.

Además de tener una maravillosa conexión con lo verde, también tengo un fuerte apego con mi familia. Esto puede ser el origen de que siempre disfrute los viajes y paseos que tengo con ellos o ¿quizás sean aquellos viajes los que me hacen disfrutar su compañía? Sea cual sea el caso, esta experiencia no fue la excepción.

Este viaje comenzó como un pequeño recorrido hacia un balneario cerca de Cuernavaca, hasta que mi mamá sugirió ir a visitar a unos parientes suyos en su pueblo natal, Coatlán del Río, así que cuando me di cuenta ya habíamos dejado atrás Cuernavaca y el rumbo hacia el balneario para dirigirnos hacia aquel pueblito que llevaba años sin visitar. 

Primavera en Morelos de GraBaluz. Registrado Bajo Licencia de Creative Commons CC BY-NC-ND 2.0

Apenas entramos en la región de Coatlán pudimos sentir no sólo un gran cambio en el clima y la temperatura, sino también en el aire que se respira. Era como si sólo por estar en aquel pueblito todo fuera más fresco y los ánimos menos pesados. Cualquiera podría decir que estos es gracias a la enorme cantidad de vegetación y la presencia de muchos ríos o riachuelos en el lugar, sin embargo, yo diría que también se debe a que para nosotros el ritmo y estilo de vida de los habitantes es muy diferente y de alguna manera resulta extraña para nosotros los citadinos. No porque dejen de lado sus problemas o estos sean menores, sino que tienen otra forma de ver las cosas, una estructura cultural diferente.

Tan pronto como llegamos a la casa de los primos de mi mamá y terminamos de desayunar, mi tío Pablo sugirió llevarnos a dar un recorrido alrededor del pueblo, especialmente por caminos donde abundan la vegetación, animales y muchos panoramas de espectacular belleza. 

Aunque la caminata fue dura, valió la pena el encontrarse tan profundo en la naturaleza pudiendo disfrutar de ella y de la compañía de mi tío Pablo, quien fue un gran guía en nuestra expedición explicándonos sobre los seres que allí habitaban, los lugares donde nos encontrábamos y algunas historias con respecto a ellos. 

Tras haber caminado y caminado y caminado, después de observar el esplendor de la naturaleza tan vivaz de Coatlán, mi tío nos condujo hasta un “pequeño” campo donde él siembra y cosecha flores de dónde él obtiene gran parte del del sustento familiar. Nos explicó los procesos que debe realizar para obtener una buena tanda de flores, además nos enseñó algunos de los árboles que también se dedica a cuidar y de los que recolecta frutos; muchos limones, mameyes, tamarindos, árboles de café, yacas y mangos de un tamaño colosal. Desde mi perspectiva yo como una hormiga al lado de ellos.

Una vez terminamos nuestro recorrido regresamos a la casa de mis tíos, que aprovechando el que nosotros teníamos un carro, nos recomendaron ir a la laguna de Michapa. Mis padres decidieron que sería buena idea ir antes de que fuera más tarde, así que volvimos a la carretera. Media hora más tarde llegamos a la laguna, que a lo lejos, en esta época, no parecía más que un pequeño charco, aunque ya estando a un lado de ella se notaba su gran extensión y pronto descubriría que su profundidad tampoco era la que aparentaba. 

Tuvimos la oportunidad de encontrarnos con una familia cercana a mis tíos, quienes ofrecieron rentarnos un pequeño bote y un lugar donde los mayores podrían sentarse a observar la juventud de sus huestes, que entraron sin demora al charco aquel, aunque como cualquier niño manteniéndose en la orilla persiguiendo los pececillos que se aparecían.

Mientras mi padre y yo cargamos el bote hasta la laguna mi tío sacó una pequeña red, con gran sorpresa y agradecimiento la recibimos. Al poco tiempo ya estando un poco más adentro e intentando llevar el bote hasta donde no encallara con las rocas, mi tío nos dio una increíble pero sencilla demostración de cómo se usaba la red, mi padre, mi hermano, mis primos y yo nos encontrábamos fascinados al ver que con solo la primera lanzada mi tío ya había atrapado un par de truchas aceptables para la comida, me sorprende cómo en mi emoción no le quite la red de inmediato. 

Luego de remar bastante, mi papá y yo, lanzamos un par de veces la red sin éxito, pero conforme nos alejamos de los demás, logramos capturar unos 8 o más de tamaño considerable. Después de un rato de gran esfuerzo, me senté atrás de mi padre y nos recargamos el uno con el otro, viendo hacia horizontes distintos, él con la red y yo con un viejo remo. Estuvimos ahí en silencio mientras una suave brisa acariciaba nuestros rostros, no pocas veces he estado así con mi papá, pero aquella ocasión me invadió más que en otros momentos una tranquilidad inmutable. Incluso cuando él rompió el silencio para mostrar su admiración por tan bella vista de aquel cielo azul, con algunas nubes de apariencia algodonosa y al fondo unos cerros cubiertos de un verde frondoso; yo me mantenía tan sereno como al principio, sabía que pocas veces se puede contemplar tal belleza y más si se vive en la ciudad.

Regresamos hasta la orilla donde se encontraba mi tío junto a mis primos y mi papá decidió llevar a mi mamá en el bote hasta el extremo donde fuimos los dos. Mi tío y mis primos siguieron nadando y pescando, por mi parte seguí chapoteando con mi hermano para después nadar plácidamente en una parte más profunda, hasta que nos llamaron para salir del agua. 

Mi tío llevaba el botín de pesca, que pronto se convertiría en una cena de lo más memorable, después de todo, no hay como estar en familia frente a una fogata, asando unas apetecibles truchas y bajo un cielo tan estrellado, en una noche de lo más tranquila, dejando de lado los cómicos, pero algo estrepitosos gritos de mi hermano y mi mamá al encontrarse con un desafortunado sapo. 

Aquella noche apenas si podía mantenerme despierto por el cansancio, pero mi felicidad al estar, no solo ante un gran festín y una vista hermosa de las estrellas y la naturaleza misma, sino disfrutando junto a mi familia de aquella simbiosis que se vive con la tierra en aquel lugar. Todo eso hizo posible que viera lo importante y bello que es estar en contacto con mis raíces, culturales y naturales.

Al día siguiente desperté exhausto, me sentía apaleado, pero en mi cama, pensaba que aquella experiencia había sido solo un hermoso sueño, hasta que vi en mi teléfono las fotos de aquel viaje, evidencia de aquella conexión que sentí con mi tierra y lo verde en ella.

Producido por Derek "El flaco" adorador de la naturaleza y la comida
Folio 527. Colectivo Páak'al. Proyecto: Galería Ambulante Teporingo. Especialidad: Patrimonio cultural, natural o mixto y memoria histórica. Secretaría de Cultura. Colectivos Culturales Comunitarios CDMX 2020
Esta historia fue compartida como parte del taller de «Estrategias Digitales para Amantes de la Cultura y lo Verde», coordinado por Páak’al con el apoyo de la Secretaría de Cultura

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