Creo que mi relación con la naturaleza inició con mi abuela materna o como todos la conocían: Maestra Lala.
Ella amaba todas las plantas con o sin flores. A pesar de que vivía en la Ciudad de México tenía una casa con un gran jardín que parecía jardín botánico, con plantas de todo tipo y tamaños.
Cuando salíamos de viaje en auto y ella iba, no se podía evitar que en la carretera se oyera “Juanito (mi papá), oríllate por aquí, por favor” y bajaba a recolectar plantas. A nosotros que aún éramos pequeños nos encantaba, era toda una aventura. Siempre me explicaba que había que sacarlas de raíz y cubrirla inmediatamente, de preferencia con una bolsa para que no muriera. Y así fuera en la ciudad, en el campo o sobre la carretera, si ella detectaba alguna planta que le gustara la llevaba a su jardín.
Recuerdo unas vacaciones en las que quería cortar unos girasoles y yo, que siempre quería ayudar, me paré en un hormiguero de hormigas rojas, terminé toda mordida y tuvieron que cubrir de lodo todas mis piernas.

Al jubilarse mi abuela se fue a vivir a diferentes lugares, todos ellos en pequeños poblados. Galeana en Monterrey fue el que más me gustó. Era una casa de campo rodeada de terrenos de árboles frutales, que no eran de ella pero aún así no dejábamos de ir a robarnos unas cuantas naranjas y correr, rodeados de ríos, cascadas y montañas. Por las noches bajaban los coyotes, por lo que teníamos que cuidar mucho a las gallinas, salíamos a ver las luciérnagas y las miles de estrellas. Era un lugar realmente hermoso y lleno de vida, perfecto para explorar y aventurarse.
Al morir, mi abuela nos heredó el amor y respeto a todo lo vivo.
Mis papás por otro lado nos enseñaron a disfrutar la naturaleza, cada salida o vacaciones era una aventura. Caminatas a la orilla del río, internarnos por el bosque recogiendo piñas de pino, ir a acampar, observar los animales, disfrutar de la noche con su cielo estrellado y sus sonidos terroríficos.
Por último, no puedo dejar de agradecer a esa enorme imaginación que teníamos mis hermanos y yo, no sé si por tantas películas, pero en aquellos viajes lograbamos transportarnos a grandes y extraordinarios lugares, solo necesitábamos un poco de vegetación, piedras y agua para imaginar ser perseguidos por monstruos o animales gigantescos.
Ahora que soy mamá, me toca enseñar a amar y respetar a todo ser vivo, así como ayudar a que la imaginación no tenga límites. Que pueda disfrutar cada espacio y lo viva en grande.
Roxana Alejandra Álvarez González (46 años). Madre y esposa. Amante de la vida, los viajes y la aventura. Enseña a su hijo maravilloso y a su afortunado sobrino lo fantástico y hermoso que es el mundo.

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