Post-amor y metagamia

4–6 minutos
Broken Heart de Marco Verch bajo licencia de Creative Commons (CC BY 2.0)

Hola, corazón. Tenemos que hablar…

Te escribo sin certezas, sin respuestas, sin las palabras que quieres escuchar… Esta es una miríada de preguntas y pocas respuestas. Pero sé lo difícil que es leer a alguien cuando te dicen «Tenemos que hablar». Para no angustiarte, te advertiré exactamente lo que vas a encontrarte: Primero te voy a aventar cosas muy ñoñas y voy a citar a un vato argentino. Después, me voy a poner muy cínico y vas a odiarme, pero por favor no desesperes. Al final, voy a ser muy honesto y te compartiré mis miedos, corazón. Amo, amamos todos, y eso es seguro, pero no me queda claro cómo…

Quiero hablarte de postamor. Ya sé. Cada que le ponemos post a algo suena a moda postmoderna. Lo post es lo líquido, lo evanescente, lo que se está formando y deformando en nuestras narices. Lo posmoderno implica que lo que antes era se rompió: el capitalismo se rompió en favor de algo más monstruoso, las bellas artes se rompieron en favor de algo más extraño (no necesariamente malo), la verdad se rompió en favor de nuevas formas de hablar, etc. No podíamos esperar que el amor no saliera también transformado…

Recién vi una conferencia Darío Sztajnszrajber —que es tan difícil de nombrar como divertido de escuchar— y hablaba sobre el postamor. El amor ha dejado de ser el modelo único e imperturbable para relacionarnos con el Otro, para dar paso a diversas formas de amarnos y desamarnos. Esta situación nos fuerza a preguntarnos varias cosas. ¿Qué pasa cuando amamos? ¿Qué pasa cuando nuestras almas se encuentran? No sé, corazón. A lo largo de los años he respondido cosas distintas…

Te amo porque me completas…

Pero si me completas es porque estoy inacabado. ¿Para eso sirves? ¿Sirves para completarme? ¿Eres el yeso para resanar las grietas de mi alma? ¿Eres las palabras que llenan el silencio aterrador del mundo? Eres lo que sea, menos tú: eres para mí.

Te amo porque eres mi vida…

Eres lo más importante en mi vida. Mientras tú seas feliz, nada más importa. Yo lo único que quiero es que estés bien. Pero si eres lo más importante entonces espero que te realices a partir de mí. Me resto y te resto, yo no soy yo porque soy para ti. Tú no eres tú porque necesitas que yo te complete. No eres totalidad sino resto.

Eres la persona ideal…

Eres la idealización, las nubes, eres el aire. Eres lo que necesito que seas, eres todo menos tú.

Todo lo anterior vale si yo me entrego a ti, aunque también te entregues a mí. En un ejercicio de mutuo des-otramiento. Si te amo para robarte tu calidad de Otro, entonces sólo te trago, te devoro y te vuelvo yo. Podremos decirnos que nadie es del otro, que sólo caminamos juntos, que somos cómplices… Me pregunto, ¿cómplices de qué crimen?

¿Cómo le hacemos?

Hay almas monogámicas, que como esos lindos mamíferos se aparean de por vida. Hay almas poligámicas, que hacen hogar de por vida con más de una persona. Hay personas poliamorosas que entregan su corazón en polígonos de afectos y lealtades. Hay anarquistas relacionales que se oponen a los modelos de otros. Hay personas que llaman agamia a una forma racional, libre y medida de no unirse a nadie y amar sin los celos ni afecciones del amor romántico. Hay, en fin, de todo en la viña de Eros.

Pero no sé… Tengo mil formas de entregarme, y puedo elegir de entre un menú más amplio cada día, pero no dejo de sentir que debo elegir entre las opciones de alguien más. ¿Debo elegir entre monogamia, poligamia y agamia para no morir en soledad? ¿Cuál de las dos manos te libero? ¿Cuál de las dos manos te corto?

Se me ocurre que no quiero elegir, se me ocurre que no quiero ser desotrado ni desotrar. Se me ocurre que debe haber algo, un quehacer del senti-pensamiento para amar sin restar, para relacionarme sin subordinarme. A ese quehacer le he preguntado su nombre, y me ha venido a la mente, con pretensiosas ínfulas, la palabra metagamia.

La metagamia me invita a ir más allá del gamos, más allá de las acotadas formas de entrega. No es un modelo, ni una forma. Es un camino lleno de preguntas. Siento que nos invita a pensar para qué, por qué y con quién nos relacionamos. En el árbol del misterio tú-yo, la metagamia va a la raíz cuando preguntamos por qué necesitamos una algo-gamia, o un algo-amor. Luego va más allá de la copa porque necesariamente amamos, el amor es el sostén de la vida en sociedad. No se trata de dejar de amar y ser el frío ser sin emociones que el mundo del rational choice nos pide. Ya diría Georg Simmel que el alma tiene una necesidad natural de amar y odiar, de reunirme con Otro. Pero las grandes preguntas éticas que nos deja la posmodernidad son otras. ¿Cómo puedo amarte reconociendo que eres? Eres conmigo, pero eres sobre todo sin mí. ¿Cómo puedo amarte sin des-otrarte?

No sé, corazón, no sé… pero estoy buscando la respuesta más allá del horizonte.

Soy Víctor Faccio, orgulloso paakalita, amante y trashumante. Gracias por leerme.

Deja un comentario