
En verdad te amé, pero me fue imposible preservar tu ausencia. Tú decidiste perderte en los recuerdos. Yo no. Tú incitaste a la suerte a que barajeara las cartas para ofrecerte sus laberintos. Yo no… Dejé de encontrarle sentido al simple hecho de resucitar al fantasma del viejo faisán. Ya no soporté ver la pálida luz de la luna sobre los quemados pastizales.
Decidí callar mis lamentos y agradecer a las olas que te dejaron partir. Cada anochecer estreché mis brazos sobre mi cuerpo para sentir el calor que desprendía y acariciar la suavidad de mi piel. Cuando las estrellas escucharon mi silencio, quebraron el espejo del destino para obsequiarme mi reflejo. Sobre la arena, las estrellas depositaron un filoso vidrio cubierto de valeriana. Al acercarme, percibí un agradable olor y vi proyectado sobre la superficie de aquel brillante objeto mi rostro sonriente repleto de amor.
Ángel Figueroa
Estado de México
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