Retrato

3–4 minutos

a Mariana en su cumpleaños número XXV

Through the glass de Jordi Corbilla, bajo licencia de Creative Commons  (CC BY 2.0)

Su sonrisa domina la fotografía: un triángulo invertido hecho con los vértices formados por las comisuras de los labios, jalados hacia arriba y hacia atrás, y el ángulo interior del vértice restante que se dibuja muy amplio en el labio inferior, ligeramente más grueso y carnoso que el superior, dejando un espacio que nos permite ver las piedras perfectas de su dentadura. A cada flanco de esa sonrisa aparece una línea curva, dejándola como entre paréntesis y que sin embargo no la ponen en duda.  Esta es la manera orgullosa en que sonríen las que se saben hermosas.

Una mirada intensa, provocadora, que pretendemos ingenua pero que ha visto tanto, ostenta en los ojos. Unos ojos pequeños como almendras, del mismo color que los granos del café tostado, con pestañas que hacen la magia de crecerlos y enmarcados por la forma precisa del arco descrito por sus cejas delineadas, nos enfrentan, nos interpelan y nos hacen dudar si nos miran a nosotros o a lo que está más allá.

Los anteojos, que le ayudan con la miopía y el astigmatismo, ella los sabe escoger. Conoce el arte de maridar la forma de su cara con el diseño exacto del armazón de sus lentes para crear así la armonía de la proporción con cada línea -recta o curva- de sus facciones.

El punto central de su cara es su nariz, medianamente ancha, de aletas amplias, de fosas angostas y alargadas que va bien con su cara y con la cual percibe todos los aromas del mundo. Delgada y alargada es su cara. Sus pómulos altos y definidos le dan un aire de soberbia a su belleza. Su rostro lo remata un breve mentón redondeado que le endulza esos rasgos que nos revelan su juventud.

El cabello suelto, largo, negro y abundante le cae espeso sobre los hombros. En razón del corte que lleva, una porción de cabello esconde su frente pequeña, pero también en otros momentos lo ha usado corto muy corto o largo y sin flecos, a veces trenzado, a veces alborotado por la vida y el tiempo.

No lleva maquillaje más que el rímel en las pestañas y el rojo en los labios. Su piel es como de ámbar claro, además de limpia, lisa y tersa.

Pero esto es apenas una instantánea, un minúsculo momento de su existir atrapado en el tiempo, que con dificultad aprehende sólo un fragmento de su ser completo.

El retrato no nos cuenta las lágrimas, la mirada fulminante, el guiño o las ocasiones que se han llenado de ilusión esos ojos que lo abarcan todo. No podemos oír las maldiciones que descarga esa boca, las palabras que como punzones, como aguijones de avispas salen disparadas, pero de la cual salen también los argumentos más pensados, las grandes ideas y el lenguaje más dulcemente pronunciado. No nos dice los tiempos del ceño fruncido y las quijadas apretadas. No percibimos su carácter, que ha pasado por encima de las lenguas viperinas y se ha sobrepuesto a las voces adversas que a sus oídos han llegado. No sabemos cuántas veces han besado esos labios. No habla de cuando el rostro sombrío, de cuando el ánimo por los suelos, de sus tristezas ni tampoco de su alegría, de las campanas al vuelo, de sus logros, de su plenitud, de su tesón, del juego de la coquetería… de toda la mujer que es.

Pero que quede claro: todo eso es ella, todo lo que ha vivido la conforma. Porque Mariana ha sido abismo, pero por sobre todas las cosas, Mariana lleva consigo la luz del sol. 

Abril 2020

C.E.M

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