Una semana pensando en cómo hablar sobre mi relación con el medio ambiente, pero detrás de ese cómo se encuentra una inmensa lista de posibilidades, que me provocó una parálisis que me hizo ver diminuta ante mi entorno.
Entonces pensé en contar cómo en la huerta de los bisabuelos teníamos las mejores vistas al cielo, colgados de los guayabos de cabeza, así como changos. Ahí pasamos todos los veranos de nuestra infancia, en donde aprendimos cómo seleccionar las guayabas para vender, cuáles aguantaban varios días, cuáles eran para comer mientras cosechábamos y cuáles se debían poner a secar para que en diciembre la abuela hiciera el ponche más delicioso del mundo. Era un secreto a voces, pero, cuando se encontraba una guayaba rosa era un festejo. Si la recolectaba algún nieto era un festejo y se presumía que era el experto, si la recolectaban los abuelos, ellos en silencio elegían a quién dársela y eso significaba que era el consentido.

La cosecha dio para la sobrevivencia de la familia desde los bisabuelos hasta la generación de mis padres. Después llegó la crisis, una mala cosecha por varios años y después de la migración a la vida urbana, quedan los recuerdos muy entrañados en el corazón. Mi infancia con olor a guayaba.
También había pensado en contar cómo durante una jornada de trabajo en Michoacán estaba buscando una casa, y al no saber cómo llegar le pregunté al único ser viviente a mi alrededor: un campesino que iba caminando sobre la carretera con un machete colgado de hombro, su sombrero enorme y una seriedad propia de las personas de la región. La respuesta: seguir todo así derecho por el camino donde se ve la luz y en el árbol de raíz dar vuelta, y ahí era.
Vaya, vaya, ¡chilanga en reacción! ¿De qué hablaba? Todo era verde, con árboles enormes, caminos por todos lados, estaba el sol y todo tenía luz, ¿raíces? Todos los árboles tienen raíces. No paraba de reír con mi compañero de carretera, pensábamos que era una broma, pero después de un silencio nos dijimos: es lo único que tenemos, intentemos. Y sí, caminando siguiendo las indicaciones descubrimos que un camino tenía más luz, que un árbol tenía una raíz impresionante que destacaba sobre los demás, y sí, que ahí a la vuelta estaba la casa. Sobre un pequeño cerrito, hermosa, con macetas de bellos colores y un café de olla esperándonos.

Percibir nuestro entorno es nuestra raíz, la primera mirada, nuestra visión del mundo y nuestro cuidado y rescate del mismo. Es saber que, si un campesino te dice que la tienda está aquí luego luego a la vuelta y tú no la ves, es porque no es ni la más remota medida de tu “aquí cerca”. Mucho menos si se habla de distancias que implican subidas y caminar a su ritmo. Recuerda, tu entorno y visión del mundo es otra… no te dejes convencer fácilmente y toma precauciones.
Tal vez debería relatar la vez que en una comunidad campesina indígena nahua, una señora de edad avanzada venía caminando frente a mí y a mi compañera y amiga de tesis. Caminaba a un ritmo coordinado con una carga de leña en la espalda. Decidimos ayudarla y a señas con su poco español y mis malabares entendió que queríamos ayudar, ella insistía en que no, pero ganamos. Dejó en plena calle la leña y se fue a sentar a una piedra a una orilla de unos nopales. Ella vivió un momento de felicidad, unas carcajadas que la hacían agacharse, se tapaba con el rebozo la cara y seguía carcajeando, dando indicaciones a las dos universitarias que ni siquiera habían logrado levantar a la espalda el bulto.
Aquel día ella tuvo una extraordinaria tarde, un descanso en el camino. Después de un rato, se levantó de la piedra, tenía la mitad de mi tamaño y el triple de mi edad en ese entonces; la fuerza y la historia de vida completamente distinta. Tardó 2 minutos en acomodar su bulto de leña para echar las tortillas de la semana y comenzó a andar con ese mismo ritmo coordinado que hacía mover sus enaguas de un lado a otro. Volteó y con una sonrisa nos lo dijo todo: gracias por el descanso y las risas. Nosotras fuimos a la piedra y en un silencio lo entendimos todo.
Tal vez debería parar y no seguir buscando qué historia contar, todas son yo, por ahora con ellas me queda una sonrisa dibujada en mi rostro y la posibilidad de compartir con los amigos de Páak’al mi relación con el medio ambiente.
Sujey Reyes, Socióloga, orgullosamente uamera. Docente, viajera y acumuladora de historias.

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