
Durante mucho tiempo las flores de abril parecían burlarse de mí.
Desde los 9 años, este mes, ha tenido un aire funesto en mi vida. Su primer día se llevó el último aliento de mi abuelita materna, y a través de los años sus jornadas han reclamado la vida de muchos de mis familiares más cercanos.
Entender la muerte es algo complejo, y mejor no hablemos de de lo difícil que es aceptarla. Es un trabajo de todos los días, es un constante recordar para revivir los momentos felices, al tiempo en que una capa de tristeza los tiñe por lo que ya no puede ser. Es apreciar lo que se vivió y romperse un poco cuando al hacer la tarea más básica te invade el recuerdo del momento en que aprendiste a hacerla.
El proceso es extraño para todos, a veces se reconstruye la figura de quién partió en su ropa, en su rutina, en su espacio, otras veces se encontrará el consuelo en deshacerse de todo esto y seguir adelante sin mirar atrás. Sin embargo, hay quienes encontramos cierta paz en ocupar estos espacios en mayor o menor medida, para abrazarnos a esa conexión y sentirnos protegidos
En mi opinión, la aceptación no llega en el momento en que ya no lloras la partida de un ser querido, llega cuando haces las paces con la ausencia, cuando te permites recordar, reír y llorar sin temor.
Durante mucho tiempo las flores de abril parecían burlarse de mí, mofarse de mi dolor y poner sal en la herida que la ausencia había dejado en mi alma. Hasta que comprendí que podía disfrutar de ellas sin sentirme culpable, que era posible darles la bienvenida, recordar a través de ellas, llorar en ellas ¡y estaba bien! Porque al reprimir el dolor solo lo hice más grande, así que decidí dejarlo ir para evitar que me consumiera.
Las flores de abril ya no se burlan de mí, ahora me abrazan, me recuerdan a todas las personas que he dejado ir y me ayudan a sanar los estragos de su ausencia.
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